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martes, 9 de agosto de 2016

ESTAN CAMBIANDO LOS TIEMPOS
Hace dos años se podía leer la noticia de que la Playa de Salobreña tendría Wi-fi; este verano, la verdad, no sé si es por el tabardillo que tengo con tanto sol o el efecto del tinto de verano, pero he tardado en reaccionar un poco.
Que los tiempos avanzan que es una barbaridad es una obviedad y que los recuerdos se amontonan en mi mente últimamente lo es también, pero llegar a este ritmo de modernidad ya me tiene perdido totalmente. La gente jov...en con sus móviles, tablets, e-pod y demás cacharros estarán de enhorabuena y si por casualidad hay algún ejecutivo que quiere estar al tanto del índice bursátil en pleno rebalaje también, pero a mí ni fu ni fa.
Mi playa, la playa que yo vivía y disfrutaba era otra, tal vez distinta, pero eso sí, era maravillosa y plena. Nada más llegar lo primero que hacíamos era darnos una campucia para ver cómo había dejado el poniente de fría el agua o cómo el lebeche calentaba el mar.
Los juegos eran siempre los mismos, pero al mismo tiempo cada día distinto, pues dependiendo del estado de la mar parecía siempre una sorpresa. Tirarte desde el Picachillo o de la Bola, para los más caguetas y dar la vuelta al Peñón para los valientes.
En la choza de Teresa o de Almendros, el juego por antonomasia era como no, el Rentoy, para posteriormente con los años sustituirlos por el Remigio. Grandes partidas, mejores compañeros y sobre todo el aire de victoria cuando ganabas la invitación del chato o la caña con la tapa de pulpo.
Si alguna vez, te quedabas todo el día en la playa, tenías que vigilar de vez en cuando el hoyo que habías hecho en la orilla para meter la sandía y que estuviese bien fresquita, no sin antes tensar bien las cuerdas que sujetaban las sabanas de la Jaima montada con cuatro cañaveras.
Días interminables de mar, salitre, juegos, comida y sobre todo amigos, amigos del alma que algunos, por desgracia ya no volverán a esa playa ni a ninguna o quizás sí estarán en otra orilla esperando ese barrigazo que siempre me daba, pues nunca aprendí bien a entrar de cabeza.
Ahora, parece ser que este año, de tantos jaleos en la playa, no se habla del Wifi dichoso y no sé si tendremos. Pero lo que sí tenemos es un lugar para disfrutar de ese paisaje tan maravilloso y único como es la playa de Salobreña, aunque no podamos jugar al Candy Crush Saga, para aquellos que sepan cómo se juega, pues tampoco aprendí o quizás no quise aprender, no sé. Es verano y me cuesta trabajo pensar.

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