MI AMIGO IBRAHIM
Serían las 9 o 10 de la noche de un día gris y frío del mes de diciembre, hace ya muchos años, era sábado, pues todos los sábados nos reuníamos en el mismo bar con los amigos para pasar una excelente velada, cuando por allí apareció uno más de los muchos jóvenes que venden CD, cinturones, y otras baratijas; pero en esta ocasión era diferente, vendía relojes.
Su sonrisa le delataba, pues se veía que era muy simpático, llevaba un maletín muy bonito repleto de relojes vistosos. Nada más llegar saludó amablemente y enseguida preguntó cómo nos llamábamos y de dónde éramos con una confianza como si nos conociera de toda la vida.
Al decirle quien era yo y mi procedencia, empezó a enumerar el castillo, la playa y la cazuela de fideos con pescado, eso me desconcertó bastante, pues no se fue inmediatamente a los espetos de sardina, chirimoyos y tantas cosas más que adornan Salobreña.
Como siempre que nombran a mi pueblo seguí interrogándole y preguntando el motivo de conocer también mi pueblo. Se sentó en la mesa con nosotros y en perfecto español contaba cómo había venido desde Senegal y que en el tiempo que llevaba en España, bajaba a Salobreña todas las semanas en la Alsina Graells al mercadillo para vender sus cosas.
Nos llegó muy pronto a todos, pues decía que sus relojes eran especiales, porque tenían…”piedrecillas” pero dicho y pronunciado en un perfecto salobreñero, hasta el punto que disfrutamos con su conversación.
Con su perfecto arte de saber vender y caer bien a la gente ya había abierto su maletín y sacado no más de 10 relojes, al final consiguió vendernos 4 o 5; pero eso sí, no sin antes cortar, poner, ajustar los distintos modelos de reloj, pues tenía un arte que parecía un maestro relojero.
Cada sábado, a la misma hora y en el mismo sitio aparecía el bueno de Ibrahim, con sus relojes y sus vivencias. Cómo había venido a España, los trabajos que había realizado y la ilusión que tenía ahora de sacarse el carnet de conducir, para con un amigo que tenía un camión dedicarse a dar portes. En el tiempo que estuvo en España, ya había conseguido sus papeles y tenía unas ganas e ideas propias de un financiero que hubiese estudiado en Oxford, ese saber estar, decir y sobre todo llegar al cliente hacía de él un ser diferente.
Hoy, me lo he encontrado en el mercadillo y tiene ya su propio puesto o negocio. Sigue con la misma sonrisa, educación y arte de saber vender. Hemos hablado de amigos comunes, de negocio y como no de Salobreña.
He recordado sus palabras…Pero entre el paraíso y la realidad hay una valla triple y electrificada. ¿Qué no se pueden poner puertas al hambre? Sí. De aquí no se puede pasar. Sin papeles y sin dinero hay que andarse alerta para que no se vaya todo al garete. El momento mágico se puede repetir tantas noches como uno decida subir al monte y ver las luces desde la frontera.
Cada paso de su camino, parece acercarle al éxito. Pero al pensar en el regreso, una sombra de miedo empaña su mirada: “la esperanza de vida en mi país es de 35 años. Yo tengo 32. A la vuelto, ¿cuántos de mis amigos habrán muerto?”.”
Espero y deseo que todo le vaya bien, pues es un luchador y lo más importante, sabe cómo ganar a la gente, conmigo lo consiguió. Aún conservo el reloj que me regaló.
Serían las 9 o 10 de la noche de un día gris y frío del mes de diciembre, hace ya muchos años, era sábado, pues todos los sábados nos reuníamos en el mismo bar con los amigos para pasar una excelente velada, cuando por allí apareció uno más de los muchos jóvenes que venden CD, cinturones, y otras baratijas; pero en esta ocasión era diferente, vendía relojes.
Su sonrisa le delataba, pues se veía que era muy simpático, llevaba un maletín muy bonito repleto de relojes vistosos. Nada más llegar saludó amablemente y enseguida preguntó cómo nos llamábamos y de dónde éramos con una confianza como si nos conociera de toda la vida.
Al decirle quien era yo y mi procedencia, empezó a enumerar el castillo, la playa y la cazuela de fideos con pescado, eso me desconcertó bastante, pues no se fue inmediatamente a los espetos de sardina, chirimoyos y tantas cosas más que adornan Salobreña.
Como siempre que nombran a mi pueblo seguí interrogándole y preguntando el motivo de conocer también mi pueblo. Se sentó en la mesa con nosotros y en perfecto español contaba cómo había venido desde Senegal y que en el tiempo que llevaba en España, bajaba a Salobreña todas las semanas en la Alsina Graells al mercadillo para vender sus cosas.
Nos llegó muy pronto a todos, pues decía que sus relojes eran especiales, porque tenían…”piedrecillas” pero dicho y pronunciado en un perfecto salobreñero, hasta el punto que disfrutamos con su conversación.
Con su perfecto arte de saber vender y caer bien a la gente ya había abierto su maletín y sacado no más de 10 relojes, al final consiguió vendernos 4 o 5; pero eso sí, no sin antes cortar, poner, ajustar los distintos modelos de reloj, pues tenía un arte que parecía un maestro relojero.
Cada sábado, a la misma hora y en el mismo sitio aparecía el bueno de Ibrahim, con sus relojes y sus vivencias. Cómo había venido a España, los trabajos que había realizado y la ilusión que tenía ahora de sacarse el carnet de conducir, para con un amigo que tenía un camión dedicarse a dar portes. En el tiempo que estuvo en España, ya había conseguido sus papeles y tenía unas ganas e ideas propias de un financiero que hubiese estudiado en Oxford, ese saber estar, decir y sobre todo llegar al cliente hacía de él un ser diferente.
Hoy, me lo he encontrado en el mercadillo y tiene ya su propio puesto o negocio. Sigue con la misma sonrisa, educación y arte de saber vender. Hemos hablado de amigos comunes, de negocio y como no de Salobreña.
He recordado sus palabras…Pero entre el paraíso y la realidad hay una valla triple y electrificada. ¿Qué no se pueden poner puertas al hambre? Sí. De aquí no se puede pasar. Sin papeles y sin dinero hay que andarse alerta para que no se vaya todo al garete. El momento mágico se puede repetir tantas noches como uno decida subir al monte y ver las luces desde la frontera.
Cada paso de su camino, parece acercarle al éxito. Pero al pensar en el regreso, una sombra de miedo empaña su mirada: “la esperanza de vida en mi país es de 35 años. Yo tengo 32. A la vuelto, ¿cuántos de mis amigos habrán muerto?”.”
Espero y deseo que todo le vaya bien, pues es un luchador y lo más importante, sabe cómo ganar a la gente, conmigo lo consiguió. Aún conservo el reloj que me regaló.

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