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viernes, 17 de junio de 2016

SECRETO DE CONFESION
Padre, me acuso de que he pecado...he caído en la tentación de desear a la mujer del prójimo. Creo no haberme confesado desde que hice los Cursillos de Cristiandad en el Hotel Capullito, en la carretera de Almuñécar, poco más allá de donde vive mi Tía Eloísa en la Caleta.
Lo que significa sobre todo, que llevo más de cuarenta años sin pedirle a alguien extraño que perdone mis faltas. No recuerdo por qué no lo hice cuando me casé, ni tampoco cuando fui el Padrino en la boda de mi Hija ni por qué nadie me lo sugirió antes.
Pero hoy he pensado que lo mejor que puedo hacer, para celebrar el cuarenta aniversario de este silencio, es reivindicar el sentido del sacramento como era antes, confesándome en esta ocasión. La confesión es, en últimas, un atajo para volver en paz a lo que somos. No, no hablo de culpas inexistentes ni de pecados que en verdad son vaivenes del pensamiento (los diez mandamientos tendrían que reducirse a "dedicarás tu vida a no hacerle daño a nadie") sino del sano ejercicio de narrar para reparar los errores, deshacerse de todo lo ocurrido y reconocer que quien traiciona sus principios traiciona al mundo entero.
Cada día que amanece me siento totalmente identificado con la premisa de querer hacer el bien a todo el mundo, de perdonar a la mayoría de cabrones que tratan de joderme el día, principalmente políticos, pero por mucho que lo intento, vuelvo a caer en la miseria de desearles lo peor del mundo.
No me he confesado en todo este tiempo, creo, porque las dos veces que lo hice me quedé en blanco e inventé lo primero que me vino a la cabeza. La verdad es que en ese entonces no tenía nada que declarar (estoy casi seguro de que dije "Padre: he dicho las palabrotas que me sé", "Padre: he estado peleando con mi hermano" y "Padre: me he burlado del cura de Motril) porque no había tenido tiempo para cometer las equivocaciones que he cometido, las equivocaciones que estoy en la capacidad de cometer.
Confieso que he fingido clasismos, insolencias e insensibilidades para complacer a los demás, que he juzgado a las personas y a los libros antes de conocerlos, y que he sido soberbio a destiempo, he estado a punto de envidiar la suerte de los otros y me he dejado nublar por mi egoísmo en momentos determinantes de esta larga vida, pero hoy siento que no han sido esos los actos que me han puesto por debajo de mi pequeña dignidad.
No he robado, no he matado, no le he dado la espalda a ninguno de mis amigos ni he codiciado la felicidad de mi prójimo, pero sí he pecado de pensamiento, palabra y omisión: me acuso de esperar con ansias que llegase el verano, me deshonra el silencio prudente que guardo en una sociedad que quiere convertir a todos los demás en monstruos de feria.
He pecado sí, pero por querer que Salobreña fuese un pueblo realmente atrayente y atractivo, que no tuviese que depender de las subvenciones oficiales, que él solo se mantuviese por su atractivo turístico y su bien ganada agricultura y ganadería, qué error más grande cometí al pensar estas cosas. Sí padre he pecado, pero mi pecado es venial, pues pensé que la gente me seguiría, que no estarían siempre dependiendo del color del Gobierno municipal y de los amiguismos y enchufes.
Pero al principio de la confesión le decía que había pecado, no sé si contra el sexto o contra el noveno, pues desear la mujer del prójimo tal vez sea solo un sueño, ya que no llegó a consumarse los deseos impuros que tenía, ahora eso sí, los pensamientos y deseos sí que eran tan fuertes y extremos que temí por mi integridad.
Expongo estas inofensivas pruebas de mi tendencia a caer bajo, por supuesto, para decir que el mundo es como es porque los tipos que sí tienen cosas que confesar –los políticos tramposos, los congresistas irresponsables, los empresarios desalmados- se van a la tumba sin aceptar sus deslices.
En mis años de existencia, tantos y tantos seres queridos y gente buena ya no están con nosotros y sin embargo, todos los hijos de puta siguen campando como si esto no fuera con ellos. Reseño mis traspiés de segunda (sólo me he hecho daño a mí mismo) para decir que confesarse es ponerse en las manos de los otros. Y que el proceso sólo funciona, como la sociedad, cuando los demás se confiesan de vuelta. Yo me acuso, sí. Pero yo soy lo de menos si nadie más tiene la culpa.
"Te absuelvo de tus pecados en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo (Ego te absolvo a peccatis tuis in nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti)." Con estas palabras me despidió el cura y no me enteré si podía pecar con la vecina y si por el contrario, él hablaría con ella.

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