Que sí, que soy un pesado con tanto recuerdo del antes que ya no volverá jamás. Pero qué maravilla era sentarse en la puerta de la casa, tuya o de tu vecina, daba igual y estar hasta altas horas de la madrugada charlando cara a cara, sin aparatos ni teléfonos que valgan, solo una mirada, unas palabras y buena compañía...

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