TENGO UN SUEÑO
Tengo un sueño, que apenas me deja dormir. Ya hace tiempo que me ronda por la cabeza, llegó como un amanecer de alegría, para terminar siendo una pesadilla. Alguien dijo que soñar tanto con el pueblo natal de uno quiere significar algo así como que se vive más en el pasado que en el presente.
A veces, creo que se repite tanto mi sueño porque en realidad deseo volver a mi pueblo con muchas ganas, creo que mi cuerpo me lo pide como si fuera una necesidad vital,... como si fuera respirar. Pero ese pueblo que sale en mi sueño es el de los años 60 y ese creo que ya no volverá.
Casas encaladas hasta arriba, todas apretujadas unas con otras como haciendo piña; calles limpias y adoquinadas, gente que bulle en el día a día barriendo su puerta, pintando su fachada, colocando sus geranios, encendiendo su brasero.
El Paseo de las Flores, el Postigo, la Bóveda, el Albaicín, la Iglesia y por encima de toda esa maravilla que se divisa al fondo de una vega verde como un tapiz. Toda sembrada de caña de azúcar. Fábricas humeantes que muelen y muelen la caña, mientras en el aire se percibe un olor dulzón a costra, a melaza, a ron de caña.
Allá a lo lejos, en pleno rebalaje, aun se divisan seis o siete barcas marineras que cada día tiran las redes para sacar ese copo rico en jureles, sardinas, boquerones, herreras y algún que otro pulpo que comer en sus tres o cuatro chozas familiares que son refugio de amabilidad y encanto.
Esas calles que tanto alimentaron mi alma de niño travieso y juguetón, calle Antequera, Cuesta Caracho, calle Cochera, calle Cristo, Pontanilla, Fabrica Nueva, Fuente la Raja, el Gambullón y tantos recuerdos y tantos sentimientos que arraigaron en mí.
El cine Yusuf, más tarde el cine La Fuente, el del Niño Dios, Centro de Juventud, discoteca Manuel,s, moragas en plena playa, primeras suecas que llegaron al pueblo y revolucionaron todas las hormonas masculinas y femeninas, dejando en el aire un aroma a jazmín y a galán de noche.
Todo el mundo nos conocíamos y sabíamos dónde vivíamos y a qué dedicábamos nuestro tiempo, la gente era amable, sencilla, soñadora y por encima de todo tolerante y con ganas de arrimar el hombro ante cualquier iniciativa que hiciera del pueblo ser más bonito y precioso de toda la costa tropical.
Pero como me ocurre cada día, me despierto sobresaltado y veo que al final, ha sido todo un sueño, pero un sueño que hubiese podido llevarse a cabo si todos hubiésemos puesto un poquito de nosotros mismos. No sé quién dijo aquello de…”Un hombre que no se alimenta de sus sueños, envejece pronto” y yo ya soy demasiado mayor pero aún me resisto a envejecer más. Me gusta mi pueblo, me gusta Salobreña
PD. La foto es real, no está trucada, luego no tiene grúa en el Castillo.
Tengo un sueño, que apenas me deja dormir. Ya hace tiempo que me ronda por la cabeza, llegó como un amanecer de alegría, para terminar siendo una pesadilla. Alguien dijo que soñar tanto con el pueblo natal de uno quiere significar algo así como que se vive más en el pasado que en el presente.
A veces, creo que se repite tanto mi sueño porque en realidad deseo volver a mi pueblo con muchas ganas, creo que mi cuerpo me lo pide como si fuera una necesidad vital,... como si fuera respirar. Pero ese pueblo que sale en mi sueño es el de los años 60 y ese creo que ya no volverá.
Casas encaladas hasta arriba, todas apretujadas unas con otras como haciendo piña; calles limpias y adoquinadas, gente que bulle en el día a día barriendo su puerta, pintando su fachada, colocando sus geranios, encendiendo su brasero.
El Paseo de las Flores, el Postigo, la Bóveda, el Albaicín, la Iglesia y por encima de toda esa maravilla que se divisa al fondo de una vega verde como un tapiz. Toda sembrada de caña de azúcar. Fábricas humeantes que muelen y muelen la caña, mientras en el aire se percibe un olor dulzón a costra, a melaza, a ron de caña.
Allá a lo lejos, en pleno rebalaje, aun se divisan seis o siete barcas marineras que cada día tiran las redes para sacar ese copo rico en jureles, sardinas, boquerones, herreras y algún que otro pulpo que comer en sus tres o cuatro chozas familiares que son refugio de amabilidad y encanto.
Esas calles que tanto alimentaron mi alma de niño travieso y juguetón, calle Antequera, Cuesta Caracho, calle Cochera, calle Cristo, Pontanilla, Fabrica Nueva, Fuente la Raja, el Gambullón y tantos recuerdos y tantos sentimientos que arraigaron en mí.
El cine Yusuf, más tarde el cine La Fuente, el del Niño Dios, Centro de Juventud, discoteca Manuel,s, moragas en plena playa, primeras suecas que llegaron al pueblo y revolucionaron todas las hormonas masculinas y femeninas, dejando en el aire un aroma a jazmín y a galán de noche.
Todo el mundo nos conocíamos y sabíamos dónde vivíamos y a qué dedicábamos nuestro tiempo, la gente era amable, sencilla, soñadora y por encima de todo tolerante y con ganas de arrimar el hombro ante cualquier iniciativa que hiciera del pueblo ser más bonito y precioso de toda la costa tropical.
Pero como me ocurre cada día, me despierto sobresaltado y veo que al final, ha sido todo un sueño, pero un sueño que hubiese podido llevarse a cabo si todos hubiésemos puesto un poquito de nosotros mismos. No sé quién dijo aquello de…”Un hombre que no se alimenta de sus sueños, envejece pronto” y yo ya soy demasiado mayor pero aún me resisto a envejecer más. Me gusta mi pueblo, me gusta Salobreña
PD. La foto es real, no está trucada, luego no tiene grúa en el Castillo.

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