Imagen

Imagen

jueves, 17 de diciembre de 2015

LAS MERIENDAS DE ANTES
Recuerdo con mucha ternura las meriendas de mi infancia. No por que fueran excepcionales o abundantes, sino porque son un recuerdo de mi niñez y como ya sabemos, es uno de los mejores momentos de una persona.
Los años 60, y parte de los 70, no eran tiempos de grandes dispendios en el tema de las meriendas; Salobreña era un pueblo como tantos de esa España en blanco y negro, por supuesto habían desaparecido hacía tiempo las cartillas de racionamiento y la leche en polvo, pero nadie exigía exquisiteces.
Por las mañanas en la escuela de Doña Nati recibíamos la leche en polvo de los americanos, yo era uno de los encargados del reparto que hacíamos en la clase de D. Evaristo Corral; todos los críos en fila con su cartucho de papel o su jarrillo para la ración de leche y el trozo de queso de bola, riquísimos. El que parte y reparte se lleva la mejor parte, así me pasaba la mañana con unas peloteras de leche en el cielo de la boca difícil de despegar.
Nada más llegar por la tarde a las 5, mi Madre o mi abuela Laura me tenían preparada la merienda, que la mayoría de las veces era un hermoso pedazo de pan con chocolate. Pan con chocolate, qué combinación tan rica y sencilla y lo mejor de todo cuántos recuerdos.
Otras veces era un delicioso hoyo con aceite, sacaban el migajón del pan, echaban aceite y azúcar y volvían a tapar, mmmm qué rico!! Mi abuela Laura que solía comprar en la tienda de Pepe Hernández compraba mantequilla Lorenzana a granel y me preparaba una tostada que sabía a gloria bendita. Con los años llegó el foie-gras era de la marca "Mina" y ni te sonaba la palabra "paté", el chorizo, de Pamplona y la mortadela rellenaba el bocadillo con mucha más frecuencia que el jamón serrano, al que nadie veía en el pueblo, salvo si lo comprabas en recortes.
Los niños nos dividíamos entre los que preferíamos la mortadela sola o los que les gustaban más con aceitunas. Yo no la soportaba, jamás comprendí esa extraña combinación de sabores, algo así como los que eran capaces de comerse un bocadillo de chorizo, jamón york y chocolate, todo al mismo tiempo.
Con el tiempo, llegó la leche condensada y he de reconocer a mis años que pequé en infinidad de ocasiones, pues a poco que se descuidaba mi madre, me colgaba de la lata y chupaba hasta el éxtasis, raro es que no haya salido con diabetes de tanto azúcar.
Pero no hay un bocadillo más sencillo ni ningún otro sabor que nos traslade tanto a aquella época como un trozo de pan con chocolate. No sé muy bien por qué hoy tan difícil encontrar a un niño comiendo este bocadillo y tampoco entiendo por qué yo no lo he vuelto a probar desde entonces. Voy a hacerme uno.
Que ricos me sabían aquellos bocadillos, porque tenían el sabor del cariño de una madre, del calor de las tardes de juegos en la calle, del final de las clases en la escuela, de todo lo que para un niño supone felicidad.
Recuerdo con especial emoción un cajón que tenía mi abuela siempre lleno de cuerdas de algodón blancas, creo eran restos de la matanza para atar chorizos y morcillas. Hoy cojo un extremo de una de esas cuerdas y tiro para que aparezcan todos esos recuerdos cargados de sonidos, olores y sabores, de las meriendas de antes.

No hay comentarios:

Publicar un comentario