LAGRIMAS DE VERGÜENZA
Hace unos días, un médico cardiólogo de Salamanca, se quejaba amargamente y con tristeza del infarto de un paciente suyo, era el segundo que tenía en poco tiempo. Y comentaba que mientras intentaba reparar de nuevo su arteria enferma, nos aseguró que seguía tomando sus pastillas, pero la relación entre la trombosis de prótesis endovasculares y el abandono del tratamiento es tan alta que, ante nuestra insistencia, terminó por reconocer que lo había dejado... dos meses atrás. La situación es muy sencilla: no tiene trabajo, cobra exclusivamente los cuatrocientos euros de la ayuda extraordinaria para desempleados y el tratamiento le costaba más de cien euros mensuales. Tiene mujer, sin empleo, y un hijo pequeño.
“O comemos, o tomo las pastillas”.
Allí mismo, este hombre se puso a llorar. Lágrimas silenciosas, sin aspavientos. Lloraba de miedo ante la proximidad de la muerte o de algo peor; pero, sobre todo, lloraba de vergüenza, de tener que mentir a su médico porque no se atreve a reconocer que no tiene suficiente para pagar el tratamiento que éste le receta.
Ese Estado del bienestar que tanto se nos vendió, esa sanidad pública y para todos, esa Champions League que se decía que estábamos, todo mentira y engaño. Hemos llegado a un punto, en donde todo son recortes, desventajas y papeleo. Ya nadie atiende a nadie si no es con papeles de por medio.
Durante el último año, hemos visto esta misma situación en repetidas ocasiones. En demasiadas, creo. Emigrante que muere en Mallorca por no ser atendido correctamente, Niña que muere en Treviño por no saber qué Comunidad tenía que enviar una ambulancia, en un Hospital Público se le niega la atención a un niño de dos años si no paga y así una larga lista.
Y mientras, nuestros políticos hablando de elecciones, de economía y de corrupción, vergüenza tendrían que darles a todos ellos, que ocurriesen estas cosas. No sé quién tiene que llorar de
Hace unos días, un médico cardiólogo de Salamanca, se quejaba amargamente y con tristeza del infarto de un paciente suyo, era el segundo que tenía en poco tiempo. Y comentaba que mientras intentaba reparar de nuevo su arteria enferma, nos aseguró que seguía tomando sus pastillas, pero la relación entre la trombosis de prótesis endovasculares y el abandono del tratamiento es tan alta que, ante nuestra insistencia, terminó por reconocer que lo había dejado... dos meses atrás. La situación es muy sencilla: no tiene trabajo, cobra exclusivamente los cuatrocientos euros de la ayuda extraordinaria para desempleados y el tratamiento le costaba más de cien euros mensuales. Tiene mujer, sin empleo, y un hijo pequeño.
“O comemos, o tomo las pastillas”.
Allí mismo, este hombre se puso a llorar. Lágrimas silenciosas, sin aspavientos. Lloraba de miedo ante la proximidad de la muerte o de algo peor; pero, sobre todo, lloraba de vergüenza, de tener que mentir a su médico porque no se atreve a reconocer que no tiene suficiente para pagar el tratamiento que éste le receta.
Ese Estado del bienestar que tanto se nos vendió, esa sanidad pública y para todos, esa Champions League que se decía que estábamos, todo mentira y engaño. Hemos llegado a un punto, en donde todo son recortes, desventajas y papeleo. Ya nadie atiende a nadie si no es con papeles de por medio.
Durante el último año, hemos visto esta misma situación en repetidas ocasiones. En demasiadas, creo. Emigrante que muere en Mallorca por no ser atendido correctamente, Niña que muere en Treviño por no saber qué Comunidad tenía que enviar una ambulancia, en un Hospital Público se le niega la atención a un niño de dos años si no paga y así una larga lista.
Y mientras, nuestros políticos hablando de elecciones, de economía y de corrupción, vergüenza tendrían que darles a todos ellos, que ocurriesen estas cosas. No sé quién tiene que llorar de

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